Sheila López Pérez - Lun, 31/03/2025 - 10:32
Giorgio Agamben. Fuente: Suplemento El Cultural del diario El Español.
Serie: 'Las ideas que nos vertebran' (XV)
En los últimos años, la obra del filósofo italiano Giorgio Agamben ha cobrado una relevancia inusitada, especialmente en el contexto de crisis globales que han puesto en jaque nuestras nociones de soberanía, ciudadanía y derechos. Su concepto de “nuda vida” ha servido como una lente para comprender la forma en que los Estados, a veces, gestionan la vida de los individuos en situaciones excepcionales, desde las emergencias sanitarias hasta los conflictos políticos y migratorios.
La idea central en su pensamiento es que, cuando el Estado enfrenta una crisis, tiende a reducir a los ciudadanos a su mera existencia biológica, despojándolos de su dimensión política y de su agencia voluntaria. Y esto lo hace a través de mecanismos legales y administrativos que suspenden los derechos fundamentales bajo la justificación de garantizar la seguridad pública. Esta estrategia, según Agamben, no es un fenómeno nuevo ni temporal, sino una tendencia estructural de la modernidad que se ha consolidado a lo largo del tiempo mediante lo que él llama el “estado de excepción permanente”.
La nuda vida
Agamben parte de la distinción aristotélica entre zoé (la vida biológica, común a todos los seres vivos) y bíos (la vida política, propia de los ciudadanos). En su obra Homo Sacer, el italiano muestra cómo, en momentos de crisis, el poder soberano tiende a reducir la existencia humana a su dimensión puramente biológica, despojándola de sus derechos políticos y de su capacidad de participación ciudadana. El “homo sacer”, una figura del derecho romano que se caracterizaba por poder ser matada sin que ello constituyera un homicidio, es el paradigma de esta reducción de la vida humana a su forma más vulnerable. Según Agamben, en las sociedades contemporáneas esta figura no es una excepción, sino la norma en muchas circunstancias, ya que los estados crean constantemente categorías de personas a las que les niegan derechos y las colocan en una posición de exclusión estructural, como ocurre con refugiados, migrantes y detenidos en centros de internamiento. En este sentido, el filósofo nos alerta sobre cómo el derecho, en lugar de proteger, puede convertirse en un instrumento de dominación absoluta. El Estado moderno, en este sentido, se caracteriza por un uso cada vez más recurrente del estado de excepción, una suspensión del orden jurídico que permite ejercer un poder sin restricciones sobre los cuerpos de las personas.
Las políticas implementadas en contextos de emergencia, como las restricciones de movilidad, el control de datos biométricos y la imposición de medidas de seguridad, han puesto en evidencia lo que Agamben denominó el paradigma biopolítico de la modernidad. Lejos de ser episodios aislados, estas medidas reflejan una tendencia estructural: la creciente subordinación de la vida humana a los dispositivos de control estatal y tecnológico.
En este punto, Agamben amplía la noción de biopolítica de Michel Foucault, argumentando que la gestión de la vida por parte del Estado no se limita a regularla o a disciplinarla, sino que puede llegar al extremo de decidir sobre su valor y su existencia misma. La biopolítica, en su sentido más extremo, se convierte en tanatopolítica, es decir, en la administración de la muerte. Las guerras, las políticas migratorias restrictivas y las estrategias de control de masas pueden entenderse como mecanismos en los que el Estado determina qué vidas son dignas de ser protegidas y cuáles pueden ser sacrificadas en nombre de un supuesto bien común.
Qué nos invita a cuestionar Agamben
El análisis de Agamben invita a cuestionar nuestras formas de vida en las sociedades contemporáneas. ¿Cómo resistir a que se normalicen esos estados de excepción? ¿Es posible una política que no se funde en la exclusión y en la gestión del miedo? Frente a la tentación de aceptar la seguridad como un fin último, una seguridad que nos ofrece el Estado y que implica renegar de nuestros derechos políticos más básicos, su pensamiento nos recuerda que la verdadera pregunta es cómo queremos vivir juntos, más allá del mero hecho de sobrevivir.
La política, en su sentido originario, debería orientarse hacia la construcción de formas de vida compartidas, basadas en la libertad y la cooperación, en lugar de en la mera gestión de riesgos y amenazas. Para ello, Agamben sugiere la necesidad de imaginar nuevas formas de comunidad que no estén basadas en la identidad nacional ni en la soberanía estatal, sino en una apertura radical a la coexistencia sin exclusión.
Banderas africanas y replanteamiento del Estado.
Su obra, muchas veces polémica, ha sido objeto de muchas críticas, especialmente por su postura frente a la pandemia de COVID-19, donde llegó a comparar las medidas sanitarias con una nueva forma de totalitarismo. No obstante, su advertencia sobre los riesgos de la biopolítica sigue siendo una invitación a la reflexión, sobre todo por su arista metafórica: cuando el miedo se convierte en el principal motor de la política, la vida queda reducida a su dimensión más precaria, al bíos, al puro cuerpo sin derechos ni protecciones.
Para el italiano, el problema no es entonces la restricción de libertades en momentos de crisis, sino la transformación de esas restricciones en normas permanentes que redefinen nuestra relación con el poder. De este modo, el estado de excepción se convierte en la nueva regla, y la ciudadanía pasa a ser un privilegio condicional, dependiente de la obediencia a las estructuras de control. Este planteamiento ha generado debates intensos, pues mientras algunos consideran que su crítica es exagerada y desconectada de la realidad, otros ven en ella una advertencia sobre el rumbo que pueden tomar nuestras sociedades cuando hacen un uso desmesurado del control.
Repensar el papel del Estado
En un mundo en el que las crisis se suceden sin descanso, Agamben nos recuerda que la pregunta por el poder y su relación con la vida de los ciudadanos sigue siendo una de las más urgentes de nuestra época. Sus análisis nos llevan a repensar el papel del Estado, las tecnologías de vigilancia y la relación entre el derecho y la vida humana. Más allá de la polémica, su filosofía nos desafía a imaginar alternativas a la forma en que el poder configura nuestras existencias, así como a resistir la tentación de aceptar el miedo como eje central de la política.
En tiempos de incertidumbre, la filosofía sigue siendo un instrumento esencial para cuestionar lo que damos por sentado y para construir futuros en los que la vida humana no quede reducida a su versión más precaria.
Editor: Universidad Isabel I
ISSN: 3020-1411
Burgos, España
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